miércoles, 25 de abril de 2012

Una pasión en el Desierto


Honoré Balzac fue un escrito y poeta francés del siglo XIX y uno de los máximos representantes de la novela realista y naturalista (diferenciada por tecnicismos) junto con Stendhal. La mayoría de su obra consiste en ensayos de carácter realista y naturalista y tratan temas típicos de la vida misma como este que os voy a mostrar, cuyo tema principal es La femme fatale. (Lo sé, es un poco largo pero vale la pena)


Un pasión en el desierto

¡Este espectáculo es espantoso! -exclamó ella saliendo del circo del señor Martín. Acababa de contemplar aquel especulador audaz que trabajaba con su hiena, por decirlo con estilo de los anuncios.
-¿De qué manera -me preguntó enseguida- puede haber domado estos animales hasta el punto de estar seguro de su afecto por...?
-Esto, que os parece un problema -le respondí interrumpiéndola-, asimismo es una cosa natural.
-¡Oh! -exclamó dejando errar en sus labios una sonrisa de incredulidad.
--¿Creéis, entonces, que las bestias están totalmente desprovistas de pasiones? -le pregunté yo-. Habéis de saber que les podemos dar todos los vicios debido a nuestro estado de civilización.
Me miró con aire extraño.
-Pero -añadí-, viendo el señor Martín por primera vez, reconozco que se me escapó, como a vos, una exclamación de sorpresa. Me encontraba entonces cerca de un viejo militar mutilado de la pierna derecha, que había entrado con migo. Aquella cara me había impresionado. Era una de aquellas cabezas intrépidas, marcadas por el sello de la guerra i en las cuales hay escritas todas las batallas de Napoleón. Aquel viejo soldado sobretodo tenía un aire de franqueza i exaltación que siempre me predisponen favorablemente. Sin duda era uno de aquellos soldados a que nada le sorprende, que encuentran materia para reir en el último careto de un camarada, a quien sepultan o desnudan con alegría, i que interpelan las balas con autoridad, en fin, alguien de decisiones rápidas i que fraternizan con el diablo. Después de haber mirado muy atentamente al propietario del circo en el momento en que salía del escenario, mi compañero plegó los labios de manera que formulaba un desdén burlón, con esa especie de risa significativa que se permiten los hombres superiores cuando quieren distinguirse de los ingenuos. Así, cuando yo me maravillé del coraje del señor Martín, el sonrió y me dijo, presuntuoso i moviendo la cabeza:
-¡Obvio...!
-¿Cómo que obvio? -le respondí-. Si me queréis explicar este misterio os estaría muy agradecido.
Después de unos instantes durante los cuales nos presentamos, fuimos a comer en el primer restaurante con vimos. A los postres, una botella de vino de Champaña devolvió los recuerdos de aquel curioso soldado toda su claridad. Me contó su historia i vi que tenía razón en exclamar "¡Obvio!"
Volviendo a su casa, ella me hizo tantas incitaciones, tantas promesas, que consentí a redactar la confidencia de aquel soldado. A la mañana siguiente, recibió este episodio de una epopeya que se podría titular Los franceses a Egipto.


Durante la expedición del alto Egipto emprendida por el general Desaix, un soldado provenzal, caído en el poder de los magrebíes, fue llevado por estos árabes a los desiertos situados más allá de las cascadas del Nilo. Para poner entre ellos i la armada francesa un espacio suficiente para su tranquilidad, los magrebíes forzaron el paso, i no se pararon hasta la noche. Acamparon alrededor de un pozo oculto por loas palmera, cerca de las cuales habían enterrado antes algunas provisiones. Sin suponer que el prisionero tuviera la idea de huir, se contentaron con atarle las manos, i se durmieron después de haber comido algunos dátiles i dado cebada a los caballos. Cuando el audaz provenzal vio sus enemigos poco dispuestos a vigilarlo, se hizo servir de los dientes para hacerse con una cimitarra, i después, ayudándose de las rodilla para sujetar la hoja, cortó las cuerdas que le imposibilitaban del uso de las manos i se encontró libre. Tan rápido agarró una carabina y un puñal, se equipó de una provisión de dátiles secos, de uno pequeño saco de cebada, de pólvora i de balas: se ciñó la cimitarra, montó un caballo i lo espoleó vivamente hacia la dirección donde se suponía que estaba la armada francesa. Impaciente por volver a ver un vivac, espoleó tanto al caballo ya fatigado que el pobre animal murió con los flancos rasgados, dejando al francés en medio del desierto.

Después de caminar durante algún tiempo por la arena con todo el coraje de un prisionero que se escapa, el soldado se vio forzado a para cuando el día acababa. A pesar de la belleza del cielo en las noches de Oriente, no tenía fuerzas para continuar su camino. Felizmente había podido llegar a un altura, encima de la cual se elevaban algunas palmeras, i sus hojarascas, avistados desde mucho tiempo antes, habías despertado en si corazón las más dulces de las esperanzas. Su cansancio era tan grande que se tumbó en una piedra de granito, caprichosamente esculpido como una cama de campaña, i se durmió sin tomar ningún tipo de precaución para defenderse durante el sueño. Había sacrificado su vida. Su último pensamiento fue contrición. Se arrepintió de haber dejado a los magrebíes, la vida errante de los cuales le empezó a sonreír, ahora que se encontraba lejos de ellos y sin auxilio. El Sol se despertó, con sus rayos despiadados cayendo a plomo sobre el granito i produciendo una calor intolerable, Ahora bien, el provenzal haba tenido la desgracia de colocarse en sentido inverso a la sombra proyectada por las copas verdosas y majestuosas de las palmeras. Fue a mirar estos árboles solitarios i se estremeció. Le recordaron los troncos elegantes i coronados de largas hojas que distinguían las columnas sarracenas de la catedral de Arles. Pero cuando, después de haber contad las palmeras, dio un vistazo a su entorno, su alma se deshizo en la más horrible desesperación. Veía un océano sin límites. Las arenas negras del desierto se extendían hasta que la vista se perdía en todas las direcciones, y fulguraban como una hoja de acero golpeado por un luz viva. No sabía si era un mar de hielo o lagos unidos como un espejo. Traído por las olas, un vapor de fuego se arremolinaba sobre aquella tierra inestable. El cielo tenía un resplandor oriental de una pureza desesperadora porque no deja nada al deseo de la imaginación. El cielo y la tierra cremaban, El silencio atemoriza por su majestad salvaje y terrible. El infinito, la inmensidad, oprimían el alma por todas partes: ni una nube en el cielo, ni un soplo de aire, ni una irregularidad en la arena agitada por olas menudas; en fin, el horizonte acababa como el mar en buenaza con una línea de luz tan fina como el tallo de un sable. El provenzal apretó el tronco de una de las palmeras, como si hubiera sido el cuerpo de un amigo; después, al abrigo de la sombra delgada quedó, contemplando con tristeza la profunda escena implacable que se ofrecía a su mirada. Gritó, como para tantear la soledad. Su voz, perdida en la cavidad de la elevación, producida lejos un sonido débil que no despertó nada de eco; el eco era en su corazón: el provenzal tenía veintidós años i se cargó la carabina.

-¿Siempre habrá tiempo! -se dijo, dejando a tierra el arma liberadora.
Mirando alternativamente el espacio negro i el espacio azul, el soldado soñaba con Francia. Sentía con placer los ríos de París, recordaba los pueblos por donde había pasado, las caras de sus compañeros, i las más pequeñas circunstancias de su vida. En fin, su imaginación meridional le hizo entrever las piedras de su querida Provenza en los juegos de la calor que ondeaba sobre la tela extendida en el desierto. Temiendo todos los peligros de aquel cruel espejismo, descendió por el lado opuesto de aquel por donde había subido a la colina el día anterior. Su alegría fue grande en descubrir una especia de gruta tallada de forma natural en los inmensos fragmentos de granito que formaban la base del montículo. Los restos de una alfombra denotaban que ese refugio ya había sido habitado. Después de algunos pasos se dio cuenta de que las palmeras estaban cargadas de dátiles, Entonces, el instinto que nos liga a la vida se rebeló en su corazón. Esperó vivir suficiente para esperar el paso de algunos magrebíes, o posiblemente sentiría bien pronto el estruendo de los cañones, porque en aquel momento Bonaparte recorría Egipto. Reanimado por este pensamiento, el francés hizo caer algunas ramas de frutos maduros, bajo el peso de los cuales datileras parecían doblarse, i se convenció, comiendo aquel maná inesperado, que el habitante de la gruta había cultivado las palmeras. La carne sabrosa y fresca de los dátiles ciertamente denotaban las atenciones de su predecesor. El provenzal pasó de golpe de una desesperación sombría a una alegría casi loca. escaló a la colina y se dedicó durante el resto del día a cortar una de las palmeras infecundas que durante la vigilia le habían servido de techo. Un recuerdo vago le hizo pensar en los animales del desierto, y previniendo que podrían venir a beber de la fuente perdida entre las arenas que aparecía bajo los bloques de granito, decidió asegurarse de las nuevas visitas poniendo una barrea a la entrada del refugio. A pesar de su ardor, a pesar de las fuerzas que le encomendó el miedo por ser devorado durante su descanso, le fue imposible cortar la palmera en muchos trozos aquel día; pero consiguió hacerla caer. Cuando, al anochecer, se desplomó aquella reina del desierto, el ruido de su caída resonó por la lejanía, i fue como un gemido en la solitud; el soldado se estremeció como si hubiera oído una voz que le hubiera previsto la desgracia. Pero, como un heredero que no se apiada durante mucho tiempo de la muerte de un pariente, desnudo aquel bello árbol de las hojas verdes, anchas y altas, que son su poético ornamento, i se hizo servir de ellas para reparar la alfombre la cual iba a sentarse. Fatigado por el calor y el trabajo, se durmió en su gruta húmeda. En plena noche, su sueño fue turbado por un ruido extraordinario.

Se incorporó de su lugar, el silencio profundo que reinaba le permitió reconocer la respiración alternada, la salvaje energía de la cual no podría pertenecer a una criatura humana. Un miedo profundo, aumentado por la oscuridad, por el silencio y por las fantasías del sueño, le heló el corazón. A penas pudo oír la contracción dolorosa de si cabellera cuando, a fuerza de dilatar las pupilas, percibió en la oscuridad dos lucecitas débiles y amarillas. En principio atribuyó aquellas luces a algún reflejo de sus pupilas, pero el bello destello de la noche le ayudo poco a poco a distinguir los objetos que se encontraban en la fruta, i distinguir a un enorme animal a alargado a dos pasos de él. ¿Era un león, un tigre o un cocodrilo?

El provenzal no tenía la educación suficiente para saber con toda seguridad que clase de género estaba clasificado su enemigo, pero si espanto fue más terrible que su ignorancia, y le hizo suponer todas las desgracias de golpe. Soportó aquel cruel suplicio de escuchar, captar los caprichos de aquella respiración, sin perderse detalla y sin permitirse el más leve movimiento. Un olor tan fuerte como la que exhalan los zorros, pero mas penetrante, mas grave, por deciirlo así, se llenaba la gruta; i cuando el provenzal la sintió en la nariz, su terror llego al máximo, porque no podía dada de la existencia del terrible compañero, el cubil real del cual el usaba de campamento. Los reflejos de la luna, que se precipitaban en el horizonte, iluminaban la madriguera i poco a poco hizo resplandecer la piel manchada de una pantera.

Aquel león de Egipto dormía, enroscado como un gran perro, placido poseedor de un nicol suntuoso a la puerta de un palacio; sus ojos, abiertos durante un momento, ahora volvían a ser cerrado. Tenía la cara girada hacia el francés. Mil pensamiento confusos pasaron por el alma del prisionero de la pantera; en principio la quiso mata de un disparo con el fusil; pero se dio cuenta de que no había suficiente espacio entre los dos para apuntarla, el caño habría sobrepasado el animal. ¿Y si se despertaba? Este hipótesis le dejo inmóvil. Escuchando batir su corazón en medio del silencio, maldecía las pulsaciones demasiado fuertes que producían la afluencia de la sangre, temiendo turbar aquel descanso que le permitía buscar una manera de salvarse. Puso la mano dos veces a la cimitarra con el deseo de cortar la cabeza a su enemigo, pero la dificultad de cortar el pellejo liso y duro le obligo a renunciar si proyecto atrevido.

"¿Fracasar? Seguramente sería morir", pensó. Prefería las posibilidades de un combate i resolvió a esperar el día. Y el día no se hizo esperar mucho tiempo. El francés pudo examinar entonces la pantera: tenia la boca manchada de sangre. "Ha comido bien", pensó sin inquietarse por si el festín había sido de carne humana, "no tendrá hambre cuando despierte".
Era una hembra. La piel del vientre y de los muslos resplandecían del blancor.; muchas manchas pequeñas, semblantes al terciopelo, formaban bonitas pulseras entorno las patas. La cola musculosa también era blanca, pero rematada por anillos negros. En el pelaje, amarillo como el oro, pero bien liso y suave, tenia aquellas manchas características, matizadas en forma de rosas, que servían para distinguir las panteras de las otras especies de felinos. Aquella belleza, tranquila y temible, roncaba en una postura tan graciosas como la de un gato arropado en un cojín de un otomano. Las patas ensangrentadas, nerviosas y bien armadas, estaban delante de su cabeza, donde reposaban, y donde salían aquellas barbas esclarecidas y rectas, parecidas a hilos de argente. Si hubiera estado en una jaula, el provenzal ciertamente habría admirado la gracia de aquella bestia y los vigorosos contrastes de colores vivos que daban a su vestido un resplandor imperial, pero en aquel momento sentía la vista enturbiada por aquella aparición siniestra. La presencia de la pantera, incluso dormida, le hacía experimentar el efecto que, dicen, produce los ojos magnéticos de una serpiente en un ruiseñor. El coraje del soldado acabó por deshacerse durante un momento delante de aquel peligro, mientras que sin duda se habría exaltado delante la boca de los cañones vomitando metralla. Asimismo, un pensamiento intrépido surgió en su alma y secó, desde la frente, el sudor frio que le bajaba por la frente. Actuando como los hombres que, posados en el límite de la desgracia, llegan a desafiar a la muerte y se ofrecían a sus envestidas, vio, sin darse cuenta, su papel en aquella aventura y resolvió interpretándolo hasta el final con honor.

"Antes de ayer lo árabes me habrían podido matar", de decía asimismo. Considerándose muerto despertó con coraje y con una curiosa inquietud el despertar de su enemigo. Cuando el sol salió, la pantera abrió los ojos de repente; después alargo violentamente las patas, para espabilarse y disipar los calambres. En fin, bostezo, mostrando su aparato espantoso de los dientes y su lengua partida y tan dura como un lima.

"Es una belleza", pensó el francés viendo como se remolcaba y hacia los movimientos más dulces y atractivos. Lamio la sangre que teñía las patas y el muslo, y se rasco la cabeza con gestos reiterados y llenos de gentileza.
"Bien. Haz tus abluciones... -se dijo el francés, que encontró alegría cuando le volvía el coraje-, que nosotros ya nos daremos el buen día". Y cogió el pequeño puñal y corto que había robado a los magrebíes.

En aquel momento, la pantera su tumbo hacia el francés y lo miro fijamente sin acercarse. La severidad de aquellos ojos metálicos y su claredad insoportable hicieron estremecer al provenzal, sobretodo cuando la bestia se le acerco; pero él la contemplo con aire manso, y la miraba de manera furtiva, como para hipnotizarla, y dejo que se acercara. Después, con un movimiento muy dulce, muy amoroso, como si hubiera estado acariciando la mujer más hermosa, le paso la mano por todo le cuerpo, de la cabeza a la cola, excitando con aquellas uñas las vertebras flexibles que dividen el lomo amarillo del animal. La bestia se enderezo voluptuosamente su cola y sus ojos endulzaron; y cuando, por tercera vez, el francés le hizo aquella adulación interesada, ella le hizo uno de aquellos "rau-raus" como los cuales nuestros gatos nos hacen en muestra de placer. Aquel murmullo, pero, surgía de una garganta tan vigorosa y profunda que resonó en la gruta como uno de los últimos ronquidos del órgano de una iglesia.

El provenzal, todo comprendiendo la importancia de sus caricia, las redoblo de manera que aturdiera y sorprendieran a aquella cortesana imperiosa. Cuando creyó seguro de haber apaciguado la ferocidad de su compañera caprichosa, el hambre de la cual estaba felizmente satisfecha la vigilia, se levanto y volvió a salir de la gruta. La pantera lo dejo partir, pero cuando hubo descendido el monte, ella salto con la ligereza de los monos que saltan de rama en rama y fue a fregarse contra las piernas del soldado, todo corbando lomo al estilo de los gatos. Después, mirando su hueste con un ojo la resplandor del cual se había hecho menos implacable, lanzo aquel grito salvaje que los naturalistas comparan con el sonido de una sierra.

"¡Es exigente! -exclamo el francés risueño. Probó de jugar con las orejas, de acariciarle el vientre y rascarle con vigor la cabeza con las uñas. Y viendo sus éxitos, le pellizco el cráneo con la punta del puñal, esperando el momento para matarla, pero la dureza del hueso le hizo temer el fracaso.

La sultana del desierto agradeció las competencias de su esclavo levantando la cabeza, estirando el cuello, revelando su embriaguez en la tranquilidad de su actitud. El francés de repente pensó que, por asesinar de un solo golpe aquella princesa salvaje, le valdría apuñalarla en la garganta, y levanto el arma cuando la pantera, sin duda saciada, se agacho graciosamente a sus pies dirigiéndole de tanto en tanto miradas donde, a pesar del rigor natural, se dibujaba confusamente la benevolencia.

El pobre provenzal se comió sus dátiles apoyado en una de las palmeras; pero dirigía alternativamente un ojo escrutador hacia el desierto para buscar liberadores, y hacia su compañera terrible para espiar su clemencia. La pantera miraba el lugar donde caían los piñones de dátil, y cada vez que caía uno sus ojos experimentaban una desconfianza increíble. Examino el francés con una prudencia comercial pero aquel examen le fue favorable, porque cuando él se acabo su comida ligera, ella le lamio los zapatos con una lengua ruda y fuerte, que trajo maravillosamente el polvo incrustado en los pliegues.

"¿Pero cuándo tendrá hambre...?", pensó el provenzal. A pesar del estremecimiento que le causo su idea, el soldado se puso a medir con curiosidad las dimensiones de la panetera, ciertamente uno de los más bellos ejemplares de la especia: tenía tres pies de altura y cuatro de longitud, sin contar la cola, Esta arma poderosa, redonda como un porra, cas hacia tres pies de longitud. La cabeza, tan grande como el de una leona, se distinguía por una extraña expresión de finura: la fría crueldad de los tigres predominaba, pero también tenía una vaga semblanza con la fisionomía de una mujer astuta. En fin, la cara de aquella reina solitaria revelaba en aquel momento un tipo de alegría parecida a la de Nerón embriagado: estaba saciada de sangre y tenía ganas de jugar. El soldado probo de ir y venir, y la pantera le dejo libre; se contentaba en seguirlo con la vista, y se parecía al menos a un perro fiel que a un grande gato, inquieta por todo, hasta de los movimientos de su amo.

Cuando se giro vio al costado de la fuente de los restos de su caballo: la pantera lo había arrastrado hasta allí su cadáver. Entorno dos tercios habían sido devorados. Aquel espectáculo calmo al francés. Entonces le fue fácil explicar la distracción de la pantera, y el respecto que había tenido para él durante el descanso. Aquel primer éxito le tentó a tantear el futuro, y concibió la loca esperanza de estar en buenas en buenas con la pantera durante todo el día, sin negar ningún medio para amansarla y conseguir sus favores. volvió a su lado y tuvo la suerte inefable de verla remenear la cola con un movimiento casi imperceptible. entonces, se sentó al lado de ella y se pusieron a jugar los dos, el le presiono la patas, el muslo, le retorció las orejas, la giro de espaldas y le rasco con fuerza los flancos cálidos y sedosos. Ella le dejaba hacer, y cuando el soldado probo alisarle la piel de las patas, escondió cuidadosamente sus uñas corbadas, como hacen las damas. El francés, que tenía una mano en el puñal, pensaba aun en hundírselo en el vientre de la demasiada confiada fiera, pero temió ser inmediatamente estrangulado por la ultima convulsión que la agitara, Y, por otra parte, escucho en su corazón un tipo de remordimiento que obligaba a respetar una criatura inofensiva. Parecía que hubiera encontrado una amiga en aquel desierto sin límites. Pensó involuntariamente en su primera amante, a quien había sobre llamado Mignonne por una antífrasis, y es que ella era un de un celo tan atroz que durante todo el tiempo que duro su pasión temió el cuchillo con que lo había siempre amenazado. Aquel recuerdo de juventud le inspiro una idea de hacer responder a aquel nombre de la joven pantera, de quien admiraba, ahora con menos temor, la agilidad, la gracia y la dulzura.

Hacia la tarde, estaba familiarizado con su peligrosa situación, y casi disfrutaba de los miedos. En fin, su compañera había acabado de coger la costumbre de mirarlo cuando ell decía en voz de falso: "Mignonne". Cuando el sol se colgaba, Mignonne dejo ir muchas veces un grito profundo y melancólico.

"¡Está bien educada...! -pensó el feliz soldado-. ¡Reza tus oraciones!"
Pero esta broma mental no se le ocurrió sino cuando vio la actitud pacífica en la cual permanecía su compañera.

-Venga, pequeña rosa, dejo que te cuelgues primero -le dijo el, contando con la función de sus piernas para escapar lo más rápido posible cuando ella estuviese dormida, e ir a buscar otra madriguera durante la noche. El soldado espero con impaciencia a la hora de su huida y, cuando llego, marcho vigorosamente dirección al Nilo, pero a penas había recorrido un cuarto de legua por las arenas que sintió la pantera venir tras suyo, dejando ir por intervalos aquel grito de sierra, más atemorizador aun que el ruido pesado de sus zancadas.
"¡Vaya! -se dijo él-. ¿Me ha cogido cariño! Esta joven pantera puede ser que no haya encontrado a nadie y es halagador haber sido su primer amor." En aquel momento, el francés cayó en una de esas arenas movedizas tan temibles por los viajeros, y donde es imposible salvarse. Sintiéndose apresado, lanzó un grito de alarma, y la pantera lo agarro con los dientes por el cuello de la ropa y, saltando con vigor hacia atrás, lo estiro del abismo, como por encantamiento.

-¡Ah! Mignonne -exclamó el soldado, acariciándola con entusiasmo- ahora estaremos juntos para siempre. Pero basta de bromas.
Y el volvió sobre sus pasos.

Desde entonces el desierto estuvo como poblado. Contenía un ser con quien el francés podía hablar, en quien la ferocidad había desaparecido, sin que el pudiese explicar las razones de esta amistad increíble. Se durmió, por muy poderoso que fuera el deseo del soldado de estar de pié y en guardia. Al despertarse, no vio a Mignonne; pero subió a la colina y, lejos, la vio corriendo a saltos, como es la costumbre de esos animales los cuales correr les está vetado a causa de la extrema flexibilidad de su columna vertebral. Mignonne llegó con los morros sucios desangre y recibió las caricias necesarias que le hizo su compañero, mostrando, con "rau-raus" muy graves, como estaba de feliz. Sus ojos llenos de fatiga se giraron con más dulzura aunque la vigilia hacia el provenzal, que le hablaba como un animal doméstico.

-¡Ah! ¡Ah! Señorita. Porque eres una señorita honesta, ¿no? ¿Veis esto? Nos gusta que nos acaricien. ¿No os avergüenza?¿Os habéis comido algún magrebí? Asimismo los animales como vos... Como mínimo no te vayas a comer los franceses. ¡No os amaría más, yo!
Ella jugó como un cachorro con su amo, y se dejaba tumbar, pegar y acariciar alternativamente; a veces incitaba el soldado poniéndole una pata encima con un gesto suplicante.

Así pasaron algunos días. Aquella compañía permitió al provenzal admirar las sublimes bellezas del desierto. Desde aquel momento en que encontró horas de temor y tranquilidad, alimentos y una criatura en que pensar, sui alma estuvo agitada por las contradicciones. Era una vida llena de contrastes. La soledad le rebeló todos sus secretos, lo envolvió de sus encantos. Descubrió en la salida y en la puesta del sol espectáculos desconocidos por el mundo. Supo estremecerse escuchando sobre su cabeza el dulce aleteo de un pájaro -¡precioso pasajero!-, o viendo las nubes unirse -¿viajeros fluctuantes y coloridos! Estudió durante la noche los efectos de la luna en el océano de las arenas, donde el simún producía ola, ondulaciones y cambios bruscos. Vivió con el día de Oriente, admiró las suntuosidades y después de haber disfrutado el terrible espectáculo de un huracán en aquella llanura donde las arenas excitadas producían nieblas rojizas y secas, nubes mortales, veía llegar la noche con delicia, porque entonces caía la benefactora frescura de las estrellas. Escuchó músicas imaginarias en los cielos. Después, la solitud le enseño a desplegar los tesoros del ensueño. SE pasaba las horas pensando en nimiedades y comparando su vida pasado con la presente. En fin, se apasiono por la pantera porque le faltaba afecto. Fuese que su voluntad, vigorosamente propulsada, hubiera modificado su carácter de su compañera o fuese que ella encontró alimentos en abundancia gracias a los combates que libraba en los desiertos, respetó la vida del francés, que acabó por no mal fiarse en verla tan bien domesticada. El ocupaba la parte más grande de su tiempo a dormir; pero estaba obligado a vigilar, como una araña en su tela, para no dejar escapar el momento en que se libraría si alguien pasaba por la esfera dibujada por el horizonte.

Había sacrificado su camisa para hacerse una bandera, arbolada en la copa de una palmera desprovista de hojas. Aconsejado por la necesidad, supo encontrar la manera de tenerla desplegada, mediante varillas porque el viento habría podido no moverla en el momento en que el viajero hubiera mirado hacia el desierto.

Era durante las largas horas en que le abandonaba la esperanza, que se divertía con la pantera. Había acabado por reconocer las diferentes inflexiones de su voz, la expresión de sus miradas, había estudiado los caprichos de todas las manchas que matizaban el oro de su vestidura. Mignonne no gruñía ni tan solo cuando él la cogía por la mata de pelo en que acababa su cola temible por contar los anillos blancos y negros, gracioso ornamento, que brillaban de lejos, al sol y como piedras preciosas. Disfrutaba contemplando las líneas suaves y finas de los contornos, la blancor del vientre, la gracia de la cabeza. Pero era sobretodo cuando ella estaba loca de alegría que disfrutaba contemplándola; la agilidad, la juventud de sus movimiento, le sorprendían siempre; admiraba su flexibilidad cuando su ponía a saltar, a reptar, cuando se arrastraba, cuando se metía, cuando se enganchaba, se revolcaba, se arropaba, cuando se lanzaba por todo. Por muy rápido que fuese su impulso, por muy resbaladizo que fuese un bloque granito, ella se paraba de golpe en oir el nombre de Mignonne.

Un día de un sol estallando, un pájaro inmenso planeaba por los aires. El provenzal dejo la pantera para examinar a aquel nuevo hueste, pero después de un movimiento de espera, la sultana abandonada rugió sordamente.
-Creo, y que Dios me perdone, que está celosa -exclamó el en ver que sus ojos, que habían acaecidos fijas-. ¡El alma de Virgilio le habrá entrado al cuerpo, seguro!
El águila desapareció en el cielo mientras el soldado admiraba la grupa redonda de la pantera. ¡Había tanta gracia y juventud en sus contornos! Era bella como una mujer. El pelaje rubio de su vestidura aunaba, con sus colores finos, con los tonos de blanco mate que se apreciaban en los muslos. La luz, profundamente lanzada por el sol, hacia brilla aquel oro vivo, aquellas manchas brunas, confiriéndole atractivos indefinibles. El provenzal y la pantera se miraron el uno al otro con una expresión inteligente: la coqueta se estremecía cuando oía las uñas de su amigo rascándole el cráneo, y sus ojos brillaban como dos rayos. Después los cerro con energía.
-Tiene una alma -dijo el estudiando la tranquilidad de aquella reina de las arenas, dorada como ellas, blanca como ellas, y, como ellas, solitaria y ardiente...


-I bien -me dijo ella-, ya he leído su alegato a favor de las bestias. Pero dos personas que se comprendían tan bien, ¿cómo acabaron?
-¡Ah!, he aquí... ¡Acabaron como acaban todas las grandes pasiones, con un malentendido! Por una u otra parte se crea alguna traición, que no se explica por orgullo, y se acaba peleado por testarudez.
-Y a veces, en los momentos más bellos -dijo ella-, una mirada, una exclamación, bastan... I bien, acabad la historia.
-Es horriblemente difícil, pero comprenderéis el que me había dicho el viejo soldado cuando, acabándose la botella de vino de Champaña, exclamó:
-No sé qué mal hice, pero ella se giró como si estuviera enrabiada y con los dientes afilados me cortó la pierna, sin duda con debilidad. Yo, creyendo que me quería devorar, le hundí el puñal en el cuello. Se giró dejando ir un grito que me heló el corazón, y la vi debatirse, mirándome sin cólera. Habría querido, por todo el mundo, por la cruz que todavía no tenía, devolverle la vida. Era como si hubiera muerto una persona de verdad. Y los soldados que habían visto la bandera, y que corrieron en mi socorro, me encontraron llorando. Señor -añadió el mutilado después de un momento de silencio-, después de hacer la guerra a Alemania, a España, a Rusia, a Francia, he paseado bien mi cadáver, si, no he visto nada parecido al desierto... ¡Ah, que era de bella!
-¿Qué sentíais? -le pregunté.
-Oh, esto no se dice, joven. Por un lado, no añoro siempre mi ramo de palmeras y mi pantera... basta que esté triste para añorarlos. En el desierto, fíjese, está todo y no hay nada...
-Pero explíquemelo.
-Sí -añadió dejando ir un gesto de impaciencia-: el desierto es Dios sin los hombres.


París, 1830

No hay comentarios:

Publicar un comentario